Nuestros límites y los estados de Whatsapp

Hace una semana, la aplicación de mensajería más conocida se actualizó estrenando una “nueva” funcionalidad, los estados. Se trata de historias con fotos o videos que serán compartidas durante 24 horas para luego desaparecer. Tras probarla, lo comenté con gente amiga y coincidimos en que esta nueva opción estaba destinada a ser un fracaso y desaparecer en breve.

Para ponerlos en contexto, todos somos usuarios asiduos de Instagram, que adoptó las historias efímeras en agosto de 2016, y sabíamos que esta opción había nacido en Snapchat en 2014, por lo tanto no nos parecía una novedad y no le veíamos ninguna utilidad.

Sin embargo, por la noche, pude leer un hilo en Twitter que me hizo darme cuenta del grave error de valoración que había cometido.

En este hilo, @mort explica que existen dos posibilidades para exportar una característica a una aplicación. La primera es de afuera hacia adentro, donde la inventa un líder del mercado, y es adoptada por las empresas más pequeñas. En este caso, como usuarios no nos sorprendemos porque asumimos que los más pequeños replicarán lo que el más grande popularizó para poder captar algo de su éxito.

Otra forma de hacerlo es de adentro hacia afuera, donde el producto con menor cuota de mercado la inventa, y los productos con mayor cuota la importan. ¿Qué sucede con los usuarios en este caso? Pues los que sí eran usuarios del servicio pequeño lo vivirán como una réplica. Sin embargo los usuarios del servicio grande (el “gran público“) lo experimentarán como una innovación, no como una adaptación, porque desconocen la existencia del producto con menor mercado.

En ese momento me di cuenta del error en el que había caído con mis amigos al suponer que todo el mundo pensaba o hacía las mismas cosas que nosotros. Asumimos que todo el mundo utiliza Instagram (300 millones de usuarios), cuando en realidad su uso es minoritario comparado con Whatsapp (1200 millones de usuarios).Este tipo de error es muy conocido en la psicología, se trata del denominado sesgo del falso consenso.whatsapp-gifs-02

Se trata de un sesgo cognitivo por el cual tendemos a sobrestimar nuestras propias opiniones, deseos y gustos, bajo la falsa creencia de que es lo más común, y es compartido por los demás. En otras palabras, tendemos a pensar que nuestros hábitos, preferencias y opiniones son compartidos por la mayoría de personas, cuando la realidad es que no lo sabemos con certeza.

El estudio más famoso al respecto es el de Lee Ross, David Greene y Pamela House de la Universidad de Stanford. El experimento era simple, se le pidió a varios alumnos de la universidad si estaban dispuestos a hacer de “publicidad humana” por el campus con un cartel que decía “arrepentíos”. Luego se dividió al grupo en dos, los que habían aceptado y los que no. Por último, se les preguntó cuántos otros creían que habían aceptado llevar el cartel. Los que habían aceptado respondieron que alrededor de un 60%, mientras que los que no habían aceptado pensaba que sólo un 27% estaría dispuesto a llevar el cartel.

Sería interesante reflexionar cuántas veces hemos estado viendo el mundo influidos por este sesgo, cuántas veces asumir que todos piensan como nosotros no nos deja ver que hay otras posibilidades que no estamos contemplando, porque por mucho que nos cueste creerlo no somos el ombligo del mundo. Imagino que estarán todos de acuerdo.

Autor: Santiago Salvatori


Fuentes:

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